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lunes, 26 de diciembre de 2016

Sangre y acero

Ezequiel Tovar, obispo de Málaga, se sentía muy mayor. Mucho más de lo que correspondía, pero es que el último año pesaba como un siglo. Casi doce meses antes, en la misma nave en la que ahora se encontraba, las espadas habían resonado y los caballeros se habían enfrentado, divididos entre los partidarios de ambos hermanos Medina-Sidonia. Y ahora, frente a él, se encontraba la hermana de ellos dos, preparándose para contraer nupcias con Arévalo de Yañez, Guardián del Sur. Un hombre que había demostrado más que de sobra su crueldad y brutalidad en los pocos meses que llevaba controlando el Condado y cuyas ansias de poder no iban unidas a ningún tipo de honor ni comedimiento. Pero, puesto en el cargo por el Duque de Alba, pocas voces osaban oponerse a sus movimientos, incluso cuando "invitó" a permanecer con él a los hermanos que podrían heredar el condado... y cuyas vidas, una vez las nupcias se contrajesen, probablemente no fuesen a ser tan largas como se esperaba.

La nobleza rebullía incómoda en sus asientos mientras las palabras de la ceremonia llenaban la nave de la catedral, que no hacía tanto había sido una mezquita. Si, el tiempo seguía pasando, y Ezequiel se sentía débil, frágil e impotente ante él. Los conflictos se reproducían por todas partes, los crueles vencían, el temor a Dios no se asentaba en el corazón de los hombres... se sentía viejo, anciano incluso, y agotado.

Un soldado, aparentemente del puerto, entró en la catedral por la entrada principal. Ezequiel no lo vio, vuelto como estaba hacia el crucifijo que presidía la casa del Señor, pero notó las vibraciones en la multitud. Llevaba mucho tiempo oficiando misa en esas naves como para no notar los cambios en la muchedumbre ante la palabra adecuada o los gestos correctos. Si, sin duda el ambiente se alteraba rápidamente y la tensión se alzaba.

La tormenta llegó cuando una voz poderosa se alzó desde las cercanías, anunciando que en su deshonra e incapacidad, el Guardián del Sur ponía en peligro la vida de todos ante un posible ataque musulmán. ¿Las tropas del sultanato habían llegado a Málaga? Confuso, Ezequiel miró alrededor, mientras el Guardián del Sur gritaba su respuesta.

-Eso lo solucionaremos cuando todo esto acabe, ¡que continúe la boda!-

Ezequiel iba a retomar el oficio cuando vio que el que interrumpía era Buenaventura de Vallehermoso, señor de su Casa desde hacía poco y, según el último torneo, la mejor espada del reino. Y no parecía dispuesto a dar su brazo a torcer, señalando que la boda era una pantomima y que el condado debía prepararse para defenderse contra la nave morisca que podía venir como delantera al resto de una flota. Los gritos siguieron creciendo, mientras el Guardián se volvía hacia el obispo y le señalaba con un gesto severo que continuase, con una sonrisa cruel danzando en su boca.

Pero Ezequiel todavía estaba de cara mientras veía como Buenaventura desenfundaba la espada y con rápidas zancadas corría hacia el ábside de la iglesia. Sus palabras y su gesto decidido reverberaron en la sala, mientras la luz de las velas se reflejaba en su acero, fino y afilado.

-¡La sangre, con sangre se paga!-

Arévalo de Yañez se daba la vuelta mientras el otro caballero se abalanzaba sobre él, desenfundando su propia espada para enfrentarse a su rival, mientras Ezequiel no podía dejar de recordar que esas fueron las palabras que el padre de Buenaventura había pronunciado antes de ser ejecutado por el Guardián del Sur.

Pero a veces, los hechos son más crueles e inesperados y la espada del caballero Vallehermoso no se encontró con el acero del Guardián, sino con el cuello de la novia. Mientras el brillante rojo escarlata cubría rápidamente el vestido blanco inmaculado de la dama que se desplomaba hacia atrás, Ezequiel supo que un espadachín de ese calibre no erraba por tanto a su objetivo. No, pasase lo que pasase ahora, las nupcias ya eran imposibles y los planes del Guardián estaban destruidos a costa de la vida de una inocente, que Dios la tuviese en su gloria. Al fial, en el Reino la vida siempre valía muy poco, por mucho que esas fuesen las enseñanzas de Cristo...

No solo Ezequiel lo entendió, sin embargo. Con un rugido de ira y frustración, la espada del Guardián se descargó con fuerza sobre la daga del Vallehermoso, que logró apartar el acero de su rival trabándolo con su guarda. Los caballeros en sus asientos comenzaron a desenfundar sus espadas, corriendo a unirse al combate que tenía lugar justo en frente del obispo, unos a favor de un caballero y los otros de su rival. 

Rápidamente, el acero retumbó de nuevo contra el acero, mientras los gritos llenaban la catedral y muchos echaban a correr. Ezequiel reculó aturdido por la rapidez de los eventos, alejándose hacia el crucifijo que presidía todo; sus manos, inconscientemente comenzaron a santiguar su frente mientras veía como Gaspar de Medina-Sidonia se unía a la refriega pero su espada se partía al golpear al Guardián del Sur, que se volvía con un gesto rápido y lo atravesaba con su acero, antes de recibir una estocada de Buenaventura de Vallehermoso. Otros caballeros se unieron a la refriega y dejaron al obispo sin visión de lo que ocurría en el centro de la misma, hasta que con un balanceo de la luz, vio la araña que iluminaba el ábside caer desde el techo sobre los caballeros que se peleaban debajo, golpeándoles con fiereza con su pesado hierro y una de las velas derramándose sobre un caballero incendiando su capa.

Arévalo de Yáñez fue el primero en librarse de ella y salir huyendo, herido, en dirección a la sacristía y la calle que había del otro lado, pero Buenaventura salió detrás de él con zancadas ágiles y rápidas. Los caballeros que no habían sido atrapados y aquellos que se libraron con rapidez aprovecharon para dar estocadas a aquellos aún trabados por la lámpara mientras el cuerpo principal de la iglesia se había prácticamente vaciado de las mujeres y los niños.

Mientras trastabillaba alejándose del combate, Ezequiel no pudo menos que pensar que, de nuevo, la sangre se derramaba en la casa de Dios. Daba igual que algunos fuesen a morir en el exterior del edificio, como Arévalo de Yáñez, atravesado por el acero de Buenaventura de Vallehermoso poco antes de que algunos caballeros lo atravesaran por la espalda y fuesen a su vez derrotados por un templario; o Javier de Escudero, decapitado en el exterior mientras protegía la huida de su hermana. Eso daba igual, la casa de Dios había sido mancillada una vez más y, por mucho que se pasase la fregona, la sangre ya no saldría jamás.

Bajo la lámpara caída quedaba el cadáver de Gaspar de Medina-Sidonia y, pocos metros más allá, el de su hermano Guzmán. El conflicto entre ambos por la sucesión del condado había llegado a su violento final porque, como rezaban los dichos del norte, los Alba siempre solucionan sus problemas a través de la espada. Tan devotos y, a la vez, tan bárbaros, la sangre Medina-Sidonia derramada señalaba sin duda el final de unas décadas de paz en el Reino y el final de una Casa que una vez había soñado con la grandeza.

viernes, 16 de agosto de 2013

Pactar con el Diablo

La multitud vociferaba excitada e inquieta alrededor del patibulo, removiéndose de un lado para otro. Una suave llovizna, casi un calabobos, apenas mojaba sus pieles y sus ropas mientras, lentamente, el reo principal y sus dos hijos trepaban los escalones de madera en dirección a su ejecutor. "¡Asesino!", "¡Traidor!", y otras lindezas del estilo se escuchaba a la multitud escupir mientras observaban al enemigo avanzar en dirección a su final. Y no era para menos. Por su culpa, sus hijos y sus hermanos, sus padres y sus maridos habían marchado a la guerra durante cuatro largos meses... y muchos se habían quedado en aquellas tierras, víctimas de la espada o la peste.

Lentamente, al paso que les forzaban los guardias que los empujaban bajo la lluvia de tomates podridos y otras verduras pasadas de fecha, los tres hombres avanzaban en dirección al ejecutor. Este era un hombre voluminoso, gordo casi, que había sido llamado de Toledo por el propio Conde para realizar la ejecución. Les observaba a través de su capucha mojada, afilando su hacha con parsimonia; por suerte, parecía que en esta ocasión el filo no estaría embotado y su golpe sería piadoso, quizás la familia había tenido que pagar un soborno para asegurarse de que el ejecutor hiciera bien su trabajo a la primera, o tal vez el Conde lo hubiese exigido para evitar problemas con la nobleza tras la ejecución de uno de ellos.

Pues de eso se trataba. El hombre que avanzaba primero y de mayor edad era un Marqués, el Señor de Ortiga-Guillén, quien en tiempos no tan lejanos había poseído una Casa capaz de rivalizar con la del propio Conde. Tras él marchaban sus dos hijos mayores, quienes no hacía mucho contaban con la herencia asegurada de unas tierras que muchos ambicionaban. Demasiados.

Entre la multitud esperaban Sebastián de Gallardo y algunos de sus allegados. La llovizna caía suavemente sobre ellos y goteaba sobre el suelo desde las esquinas de sus ropas, la vaina de la espada, o los rizos del pelo. No era un momento feliz para ellos.

Incluso después de los cuatro largos meses de asedio, seguía sin entender bien cómo se podía haber llegado a aquello. Cómo, pese al honor, pese al deber, pese a todo, era posible que los que fueran a ser ejecutados aquella mañana fueran los buenos y no los malos de la historia. Porque, por mucho que la multitud pensase que aquellos eran los villanos que habían envenenado al Señor de Valente, lo cierto era que se trataba del Conde el que había tejido aquella red para asegurar la caída de la única Casa que podía hacerle sombra. Igual que antes había enviado a los Jelmírez a tratar de destruir a los propios Gallardo. Y, sin embargo, cuando había llegado la llamada a la guerra, los regimientos Gallardo habían marchado al lado de los del Conde.

Aún ahora, mientras observaba a Leonardo de Ortiga-Guillén y sus hijos avanzar lentamente hacia La Segadora, se preguntaba si acaso había tomado la elección correcta. Si no hubiera sido mejor enfrentarse al Conde y a todas las Casas que le siguieron en la batalla en una lucha perdida y, sin embargo, justa. Luchar con honor, y morir con valor. Sea como fuera, la elección estaba tomada. Los Gallardo prosperarían, sus tierras crecerían a costa de las llanuras del norte de lo que antes fueron los dominios de los Ortiga-Guillén. Pero, para ello, habían tenido que pactar con el diablo, y aceptar sus términos. Sus almas a cambio de supervivencia y tierras.

El Señor Leonardo de Ortiga-Guillén fue el primero en llegar al patíbulo. Lentamente, se hizo el silencio entre la multitud: entre los nobles llegados, en la familia de los reos, entre los campesinos de estas tierras y de las cercanas, entre los miembros del clero. Era el momento de las últimas palabras de un hombre, el último derecho de quien está condenado a morir. La voz quebrada y frágil de quien fuera un Marqués se oyó claramente en toda la plaza:

-¡Yo sólo soy el primero! ¡Pero no seré el último, escuchad mis palabras!-

La multitud rompió en abucheos y gritos, y más hortalizas volaron mientras los guardias le forzaban a doblar la rodilla y poner el cuello sobre el cadalso. La plebe se alegraba de que aquel hombre muriese, pues todos conocían la historia de cómo había envenenado al Señor de Valente con viles hierbas. En medio de los gritos, el hacha del ejecutor se elevó entre la fina lluvia y descendió manchando el agua de rojo. La cabeza seccionada cayó a los pies del verdugo, y dos enanos que habían estado haciendo juegos malabares y chanzas se apresuraron a cogerla, riéndose y haciendo bromas con ella antes de depositarla en una cesta. Pronto estaría colgada de la muralla de Salamanca, como recordatorio a todo el que pudiese pensar en desafiar al Conde.

Pero, ¿cual había sido su pecado?  ¿Acaso había sido alzarse contra un tirano? ¿O tal vez haberse negado a aceptar las mentiras que sobre ellos se contaron? ¿Quizás no arrodillarse ante aquel que les exigía un precio que no tenían razón para pagar? No. Su pecado había sido el orgullo, el haberse negado a aceptar la injusticia que se les imponía, o haber aceptado el precio menor en su honra para salvar la vida de los hijos y los soldados. Por orgullo, por honor, habían ido a una guerra perdida. Como San Jorge ante un dragón indestructible.

¿Cómo habían podido llegar a esto? Pese incluso a la intervención de un Cardenal, de que el Duque fuese informado del plan del Conde, ¿cómo habían dejado que ocurriese? ¿Cómo se podía permitir que un hombre como aquel Guillermo de Feria, que observaba divertido la ejecución desde su palco, siguiese gobernando aquellas tierras? Sin embargo, mientras el hijo mayor avanzaba hacia su final, Sebastián sabía que no había respuesta a aquellas preguntas.

O que si que la había, y lo que era peor, era una respuesta que no le gustaba. Por poder. Por ambición. Porque aquel Conde tenía más hombres a su servicio que el resto de Casas. Porque tenía riquezas que podían pagar el silencio o podían conseguir la complacencia de los hombres. Porque por sangre y alianza tenía la voluntad de sus vasallos.

Se hizo el silencio ante la llegada del hijo mayor al cadalso, pero este no tenía nada que decir. En voz baja y apresurada, simplemente rezaba pidiendo la salvación de su alma. El hacha se alzó de nuevo, su filo, todavía goteando la sangre del padre, mezcló esta con su la de su primogénito. Los enanos de nuevo hicieron sus sarcásticas bromas y exibieron la segunda cabeza como un trofeo antes de depositarla en la cesta.

Era cierto que la casa Ortiga-Guillén no desaparecería aquella mañana. Al contrario, permanecería existiendo, languideciendo lentamente en las manos de un hijo menor demasiado pequeño para gobernar o participar en la batalla. Sus tierras se reducirían a la mitad de las que poseían sus ancestros, siendo el resto repartidas entre los Gallardo, los Endina y, sobretodo, a manos de los viles y traicioneros Jelmírez, quienes una vez habían tratado de destruir a los Gallardo para quedarse con sus tierras... y que habían sido expulsados de las mismas para siempre ante la punta de la espada que Sebastián sentía enfundada en su costado.

Y aún las tierras que les quedasen a los Ortiga-Guillén serían controladas por el Conde, ya que había forzado a que su paladín fuese el valido del hijo que quedaba en libertad. El propio hermano de Sebastián, Simón, que por malas artes y vueltas de la vida había alzado su espada contra su cuñada para tratar de "enderezar" la Casa Gallardo se convertiría así en la voz que educase y gobernase lo que quedaba de aquellas tierras, asegurándose de que no surgían conatos de rebelión.

El hijo mediano alcanzó el patíbulo, sus lágrimas indistinguibles de la lluvia. Apenas tenía la mayoría de edad, y aún así su vida llegaría a su fin. ¿Cómo se había podido llegar a aquello? ¿Era acaso miedo al Conde? ¿O realmente creían las mentiras que salían de su boca? Sea como fuera, ya no había vuelta atrás, el pacto estaba sellado y el precio llegaba. El hijo mediano fue arrodillado sobre el cadalso tras suplicar inútilmente el perdón del Conde.

Mientras el hacha descendía para juntar su sangre con la del resto de su familia entre los vítores de la multitud, Sebastián se dio la vuelta, asqueado. Él y los Gallardo sabían la verdad, quizás muchos otros que callaban hoy también la supieran. Sabían que por su inacción o cobardía, por el deseo de sobrevivir y no ser ellos quienes acabasen del cadalso y sus familias las despojadas de honra y tierras, tres buenos hombres habían muerto hoy, y muchos más unas semanas atrás en el campo de batalla.

El demonio juega con una baraja trucada. Probablemente no había habido alternativa a este desenlace, cualquiera de las otras opciones simplemente hubiese acabado con una fila más larga frente al garrote vil, más viudas, más huérfanos. Pero eso no eliminaba el sabor amargo que le llenaba la boca y le daba ganas de vomitar mientras se abría paso entre una multitud que se apartaba para dejar pasar a un caballero de su posición. Se adentró de nuevo entre las calles de Salamanca mientras las campanas de la catedral repicaban a difunto. A tres difuntos.

Pero ¿qué había muerto aquella mañana? ¿Tres hombres? ¿O acaso el honor? ¿Acaso la caballería, el deber? Acaso aquella mañana no había visto morir todo lo que cualquier caballero de verdad valoraría...

martes, 2 de abril de 2013

El Resurgir del Fénix se Hace a Través del Fuego

Ernesto de Alarcón meditaba sentado en el trono de su padre en Burgos. La sala permanecía vacía frente a él, y sólo el leve titilar de las antorchas en las paredes causaban movimiento, al cambiar la proyección de las sombras del lugar. Pero, ¡finalmente había conocido a la pieza que necesitaba!

La primera vez que había visto a los miembros de la Casa de la Vega pensaba que iban a interponerse en sus planes. Que se pondrían del lado de su padre, tratando de buscar una salida diplomática a la situación de anquilosamiento que sufría la Casa Alarcón desde hacía demasiado tiempo. ¡Y esa salida no lleva a ningún sitio! Su padre, el Duque, había intentado ese camino durante toda su vida, y lo único que había conseguido era chocar continuamente con las casas débiles, cobardes y cansadas que le debían vasallaje, incapaces de organizarse para tomar lo que les correspondía por justicia. Y los de la Vega, con toda su palabrería y diplomacia, caminaban por ese camino.

Hasta esa misma mañana, en que había conocido al heredero, Sandro. Y en él encontró a alguien con la misma visión que él tenía, con la misma ambición, el mismo deseo de poder. El deseo que, en tiempos, había hecho grande a la Casa Alarcón, encumbrándola hasta la Corona. Una vez su padre se marchase como embajador a las tierras de la Casa de Alba, se podrían poner en movimiento las piezas.

Y eso era lo que lo mantenía sentado en el trono. Finalmente, tras tanto tiempo, se acercaba el momento de la verdad. Casi podía sentirlo: el tiempo, corriendo aceleradamente al mismo ritmo que su corazón latía en su pecho. Pero, llegada la situación, no podía evitar sentir miedo. Iban a arriesgarlo todo, lanzar un golpe decisivo y tremendo que obligaría a que el Duque entrase en la guerra contra la Casa de Cruilles, debilitada por la peste negra. Y, sometidos los aragoneses, la fuerza de la Casa Alarcón de nuevo habría encontrado la dirección necesaria, y la Corona sería el objetivo. ¡Adios al vasallaje a esos advenedizos Medinaceli! Por amor de Dios, ¡si ellos habían sido una parte de la propia Casa Alarcón! ¿Qué derecho tenían para robar la Corona con malas artes?

Pero, por justa que fuese la causa, el miedo permanecía. ¿Y si salía mal? ¿Y si los mercenarios Cruilles eran capaces de aplastar a los ejércitos Alarcón? ¿Y si la Casa de Alba atacaba el sur, su propio Condado? ¿Cómo intervendría el Rey, tras su amenaza al respecto en el torneo? ¿Y los Jovellanos, qué harían? Había demasiados interrogantes, demasiadas dudas, y sin embargo no se podía esperar. Ya habían aguardado demasiado, ahora había que actuar, y las dudas se solucionarían cuando los hechos se pusiesen en marcha.

Ya no había marcha atrás, Sandro de la Vega iba a ser la espada que iniciase la guerra que llevase a los Alarcón de vuelta a la Corona... o a la destrucción. Pero nunca más serían los segundos de nadie.

martes, 16 de octubre de 2012

El Mundo Desde Abajo

Escuchadme, pequeños, porque vosotros veis las cosas con demasiada inocencia. Cada día, os veo jugando con los demás niños de la aldea a las guerras y a las batallas, imitando ser los nobles que no somos. Pero lo que contáis y disfrutáis, como juego que es, dista mucho de la verdad. Os voy a contar cómo fueron aquellos años de mi infancia en los que la guerra partió mi mundo en dos.

Todo había comenzado como un año normal, con el invierno duro y frío y los campos pidiendo manos para arar los surcos y sembrar las semillas que habían de germinar con los meses. Lo de siempre, lo que habéis visto todas las primaveras. Yo, como vosotros ahora, era demasiado pequeño para trabajar el campo, así que alternaba entre jugar con los demás niños y ayudar en la casa con lo que Madre, vuestra Abuela, solicitaba. Exactamente como vosotros, y como harán vuestros hijos y nietos cuando llegue el momento.

Pero con el comienzo de la primavera, el ambiente en el pueblo estaba enrarecido. Los mayores hablaban en corrillos con tonos serios y oscuros, y rápidamente nos mandaban lejos para que no escuchásemos lo que se decía. Madre y Padre discutían a menudo, cuando creían que todos estábamos dormidos. Pero no lo estábamos. Y mis dos Hermanos mayores, que El Señor tenga en su gloria, estaban nerviosos, hoscos y sus bravuconadas se sucedían. Se pavoneaban frente a las chicas de su edad, pero lo hacían con miedo a la vez que altanería.

Al final de abril, cuando las lluvias cubrían los campos mal trabajados, lo que todo el mundo hablaba en voz baja fue dicho por un pregonero en la plaza del pueblo. El Marqués llamaba a todos los hombres mayores de dieciséis años a que se preparasen para partir a la guerra en sus levas. Por alguna razón, los nobles se enfrentaban unos a otros, el por qué no importaba demasiado. Al menos, no para nosotros, nunca se molestaban en explicar nada, y Padre tampoco nos lo decía a los pequeños.

Se fueron el día de San Félix, el 2 de Mayo, y pronto serían mártires como él. Se marcharon por la mañana, con el resto de los adultos del pueblo, equipados con lanzas viejas y cascos abollados. Caminaban lentamente detrás del Marqués y su cuadrilla de caballeros, todos a lomos de sus roncines, con sus armaduras brillantes y sus escuderos cuidando de sus necesidades. Los nuestros sólo andaban, en silencio o hablando en voz baja, mientras las mujeres y los niños los rodeaban para despedirlos.

Los campos quedaron desatendidos durante los meses que siguieron, sus productos creciendo y pudriéndose por la falta de manos para cuidarlos. Madre sólo lloraba y trataba de mantener en orden la casa, pero no daba a basto. Y nosotros dejamos de poder jugar para tener que ayudar todo lo posible. A finales de mes, llegaron nuevas de que mi hermano mayor había muerto en el campo de batalla, pero que el combate había ido bien y que se estaba organizando un asedio contra las tierras del otro Señor. Ni siquiera sabíamos dónde era, ni jamás fue traído a casa su cadáver.

Durante el verano, las cosas siguieron igual. Mi segundo hermano murió de fiebres durante el asedio, junto a muchos de los hermanos y padres de los habitantes del pueblo, y su cadáver fue quemado para evitar que la enfermedad se esparciese por el campamento militar. La villa parecía más un funeral permanente que el hogar que vosotros conoceis: muertos que llorar, campos sin cultivar o mal trabajados, casas vacías,... no había sitio para las risas ni los juegos. Ni para la infancia, ni la inocencia. Vivíamos con el corazón en un puño, pendientes de las nuevas que podrían traernos el fatal desenlace para alguien querido.

Con la llegada de Septiembre, el ejército de nuestro Señor se lanzó a la toma de las murallas de la ciudad asediada, y fueron repelidos una y otra vez. Las bajas fueron muy numerosas entre la leva, pero los nobles, en sus tiendas de campaña, parecían no reparar en ello. Para sus importantes personas, la leva sólo eran números, pero yo conocía todos los nombres que la componía, y Padre era uno de ellos.

Para San Martín, cuando el pueblo debía estar preparando la matanza del cerdo, todos estábamos en la plaza. Finalmente, regresaban a casa. Si habían marchado personas, regresaban fragmentos de ellas, arrastrando los pies y renqueando, heridos en el cuerpo y en el alma. Padre había perdido un brazo en algún momento del conflicto, y la única vez que le vi llorar en su vida fue el momento en que rodeó el talle de Madre con su otro brazo. El regreso al hogar. Todos lo rodeamos y abrazamos con fuerza, llorando como todo el mundo hacía.

Mi Padre quedó roto entonces y durante toda su vida. Jamás pudo labrar bien el campo, ni hacer sus labores de marido de la casa. Y, sin mis Hermanos mayores, nuestros campos cayeron en mal estado. Eso hizo que el invierno fuese más duro que nunca, con hambre día si y día también. Y el año siguiente sólo fue marginalmente mejor, porque unos parientes podían ayudar un poco, sacando tiempo de donde podían tras atender sus campos con sus fuerzas mermadas.

Jamás he hablado de aquellos años antes de ahora, y no volveré a hacerlo de nuevo. Fue cuando mi familia fue partida para siempre, y el dolor que siguió fue tan terrible como la guerra misma. Así que, cuando os acostéis pensando en gestas e historias, rogad a Dios porque no venga una guerra de verdad. Porque allí no hay sitio para los héroes ni las princesas, sólo para la muerte y el dolor, lejos de los seres queridos, luchando por algo que no importa más que a unos nobles sedientos de orgullo y poder.

miércoles, 13 de junio de 2012

Relato: Acero al Atardecer

Su caballo piafó bajo él, podía notarlo en tensión, nervioso ante los gritos y los olores que les rodeaban. La gente conversaba, gritaba, y animaba a un caballero o al otro, y los olores de la comida se mezclaban con el sudor, la sangre y los animales. A él no le importaba nada de eso. Bajo su casco de acero, el Caballero del Buitre sonreía.

Frente a él, separados por una buena distancia, se encontraba el Caballero del Dragón, montado sobre su rocín pardo. Engreído, altivo, y cabreado. Enrique de Sillares no podía más que ampliar su sonrisa al observar a su rival. Otro caballero al que iba a derrotar, otro cuerpo que sumar a su larga lista de trofeos. Unos se dedicaban a la caza, otros al cortejo, y otros a la política. Pero al Caballero del Buitre nada de eso le importaba. Lo que él quería era el reto, el desafío, la adrenalina de la tensión de poner la vida y la gloria a prueba.

Y la única forma de lograr eso era con la caza mayor: cazar caballeros.

Su caballo dio unos pequeños pasos en el sitio mientras él esperaba, observando los nerviosos gestos de su rival. Su paje, Andrés, le trajo su lanza y el caballero la asió sin prestarle atención. Lo único que importaba era el momento, la gloria, la batalla, la derrota de otro rival. Desde la caída de Granada y la llegada de la paz, cada vez era más difícil conseguir entretenimientos a la altura, y sabía de sobra que no podía desafiar a los miembros de las Casas de otros ducados si no quería que su propio Duque lo colgase por traición como a un cerdo en la matanza. Pero nada había en contra de provocar a los idiotas que se dejaban hasta que su ira buscase una salida... cuya puerta siempre era el camino de la espada y la lanza, en los cuales el Buitre era un experto. No en vano, muchos lo llamaban el Carroñero de Presa a sus espaldas.

Su rival se aproximó al palco de las damas e hizo descender su lanza frente a una muchacha joven y bien parecida, que con una sonrisa enredó al final del astil una pequeña pieza de tela: la muestra de su favor. A Enrique de Sillares eso le importaba poco. Había probado el sexo, pero no le satisfacía, no como la sangre. Era como el vino, una pequeña pérdida de tiempo entre cosas mejores. Así que, mientras el Caballero del Dragón volvía a su extremo del campo de justas, el Buitre observaba sonriente. Con su guantelete, hizo descender el visor de su casco frente a sus ojos, y de pronto la imagen crepuscular a su alrededor quedó fragmentada en decenas de pequeñas imagenes en rendijas verticales.

Pero él veía lo que quería ver perfectamente: a su presa. Después del Caballero del Dragón debería buscar otro caballero que valiese la pena para ser el desafío. Le tocaría viajar por las tierras Alba. O quizás se acercase al Condado de Medina-Sidonia y ofreciese allí sus servicios ante la guerra que parecía prepararse. Total, su padre y su hermano mayor no protestarían porque fuese a luchar lejos, ganarían favores y se alegrarían de que él se encontrase alejado del marquesado familiar.

Una guerra de nuevo, eso le hacía correr la sangre aceleradamente de nuevo. Bueno, eso y que el otro caballero finalmente había hecho descender el visor de su casco y se disponía a tomar su posición.

En el centro del campo, el juez que observaba esta justa hizo un gesto, y al unísono, ambos jinetes espolearon sus monturas el uno al encuentro del otro. Podía notar los músculos de su caballo en tensión a medida que arrancaba a toda velocidad. La lanza pesaba más ahora que descendía y perdía la verticalidad, pero estaba habituado. Con práctica, la cruzó sobre su caballo, alineándola para que cruzase la trayectoria de su rival, del otro lado de la valla divisoria. En el último momento, la alzó levemente.

El encontronazo fue brutal. Su escudo se sacudió contra su pecho y su brazo como si hubiese recibido el embate de un ariete cuando la lanza de su rival se partió contra él. No sentía su brazo, que se había quedado dormido del impacto. Pero no importaba, porque notaba como el impacto en su otro brazo, el que cargaba su propia arma, remitía tras el encontronazo y el Caballero del Dragón salía despedido fuera de su caballo.

Durante un instante, todos los que observaban la justa se quedaron en un silencio horrorizado. Era un deporte, era deshonorable impactar con la lanza fuera del escudo del rival, ya que no se buscaba la muerte. Y, sin embargo, aún con la lanza de torneo, Enrique de Sillares había apuntado justo al borde superior del escudo, de modo que cuando el brazo de su oponente cedió la lanza se hundió en su hombro, cerca de su cuello.

Instantes después, mientras él ya se alejaba de su rival caído, un galeno corrió a estudiar a su rival caído, mientras la multitud gritaba sorprendida y horrorizada. Pero, ya no importaba nada. De nuevo, tras los minutos de plenitud, el Caballero del Buitre se sentía vacío. Su rival había sido derrotado y tenía un nuevo trofeo. Le daba igual que muriese el Caballero del Dragón o no, lo que le importaba es que ahora no tenía objetivo ni sentido. Hasta que iniciase una nueva caza, se sentía vacío. Por supuesto, aún quedaban lances del torneo mañana, pero no obtenía el placer de la simple competición deportiva, sino de todo el juego de tensión, tentación y destrucción. Y eso, al menos por ahora, había acabado.

Vacío por dentro, se encaminó de vuelta a su tienda entre los abucheos de los asistentes.

lunes, 21 de mayo de 2012

Relato: La Dama de Negro

Las calles de aquella zona de Barcelona permanecían prácticamente en silencio. Sólo el chillido de las gaviotas en el cielo y el traqueteo del pesado carromato de madera rompían la quietud del sudario que descansaba sobre ella. Entre crujidos, el vehículo avanzaba por las callejas guiado por un hombre de mediana edad vestido con unos ropajes marrones y bastos; él azuzaba a la vieja mula que hacía desplazar la pequeña superficie de madera con postes y ruedas. Tras ella, avanzaba otro hombre, similar al primero aunque algo más joven, y que se cubría la nariz y la boca con un paño mojado para tratar de disimular el hedor.

En el carro viajaba la muerte. Cuatro personas, quietas y pálidas, sin vida ya en ellos, yacían allí tal como los dos hombres los habían arrojado, con los miembros dispuestos de formas antinaturales. Brazos y piernas doblados o estirados que mostraban los bultos delatores de su final, los bubones. Y es que uno de los Cuatro Jinetes estaba suelto en Barcelona, y Peste era su nombre.

Un lamento de desespero los atrajo a una de las casas de la calle, ante la que se detuvieron. Era la voz de una mujer, probablemente joven, que clamaba a los cielos por la razón de su infortunio mientras lloraba. Ambos habían visto escenas semejantes repetidas a lo largo de los últimos cinco días de infierno, de recorrer las calles de la ciudad en busca de los muertos y moribundos. El más joven se acercó a la entrada, dejando a su padre descansar apoyado contra el carromato.

Le llevó unos segundos ajustar su visión de la brillante mañana barcelonesa a la semipenumbra de aquella tumba. Sin embargo, no tenía que ver demasiado, como toda casa de campesinos estaba compuesta de una única habitación con escasos muebles. Los lloros venían del lateral derecho, acompañados del zumbido de las moscas. En efecto, la dama era joven, muy joven, casi una niña. Apenas debía haber tenido su primer sangrado. Estaba tumbada sobre la figura de un hombre mayor, quizás su padre, rígido como una estatua, y ella lamentaba su partida de viva voz.

El joven entró con paso tranquilo y decidido, y se aproximó a ella que alzó unos ojos enrojecidos por el llanto y el dolor. Pensó en darle alguna palabra de consuelo, algo que la ayudase, pero no le quedaba ya ninguna, no después de cinco días recogiendo a los hermanos, madres, hijos y tías de la gente de la ciudad. No tras cinco días en el infierno. Sólo caminó hasta ella y la apartó con algo de fuerza al ver que ella se resistía a ser separada de su padre. Tirada en el suelo, la joven no pudo más que ver como el hombre cogía a su padre por las muñecas y lo arrastraba hacia el exterior. Se puso en pie y lo siguió, intentando detenerlo y empujarlo, y él la lanzó con más fuerza contra la pared en respuesta.

Allí quedó ella, tirada y desmadejada como la muñeca rota que era, mientras su padre era lanzado sobre sus funestos compañeros del último viaje. El carromato estaba lleno y lentamente se dirigió hacia el exterior de la ciudad, entre puertas cerradas y ventanas selladas. Nadie quería ver, nadie quería oír, y sobretodo nadie quería recibir la visita de la dama de negro. Abandonaron la ciudad por la Puerta de San Bartolomé, y avanzaron hacia el sur hasta la pequeña iglesia que era su destino.

Entraron en el camposanto, mientras el rechinar de las ruedas cortaba el silencio de las tumbas. Avanzaron sin detenerse hasta el borde de la llaga en la tierra, y vaciaron en ella los cadáveres cargados. Abajo, los cuerpos cayeron sobre otros que habían corrido el mismo destino. Padre e hijo se presignaron brevemente, y dieron la vuelta al carromato.

Por la tarde, el párroco de la iglesia oficiaría misa por todos los muertos en ese día y los sepultarían a todos. Eran demasiados como para hacerlo uno por uno, y su entierro comunal era la única forma de manejarlo. Ni siquiera se ponía nombre en las fosas para que se supiese quien estaba en cada una, ya no importaba.

Se alejaron, dejando los restos putrefactos al sol, y se encaminaron de vuelta a Barcelona, a por más pasajeros. Como Caronte, ellos los llevaban a cruzar el umbral final. Y, con cada viaje, un poco más de ellos moría. Era el quinto día. Y aún quedaban muchos para que llegase el final del infierno desatado con la llegada del Vittoria al puerto y su carga de especias y muerte. Dios castigaba a Barcelona, como pronto castigaría a toda Hyspania por sus pecados.

miércoles, 27 de julio de 2011

Relato: La Cruz de Fuego

La villa amurallada se encontraba reunida prácticamente en su totalidad en la plaza frente a la pequeña iglesia que dominaba el centro. Sin embargo, no se encontraban allí por acabar de salir de la capilla, ni porque se celebrasen festejos. Estaban allí, atemorizados, esperando sentencia.

El Padre Ignatius salió de la capilla, vestido con sus ropajes blancos y negros, con la dignidad que le confiaba su tonsura cuidada y sus manos suaves. Sin embargo, la mirada del dominico destilaba fuego puro.

-¡Villanos! Durante los tres últimos días os he interrogado y preguntado, buscando a los pecadores y a los herejes de entre vosotros.-

La voz del inquisidor llegaba claramente a todos, que se encogieron ante el poder que destilaba.

Durante la siguiente media hora, fue enunciando las sentencias para aquellos que habían ido más allá de donde debían. Aves marías para unos, carga de cruces para otros, o autoflagelaciones. Sin embargo, un nombre no fue mencionado: Emilia, la vieja que vivía apartada del pueblo en las montañas. La que vendía las extrañas pociones y ungüentos. La que todos sabían que participaba en aquelarres con Satán a la luz de la luna.

-Finalmente, esta mujer ha sido estudiada e interrogada, y ahora ¡la sentencio a la muerte en el fuego purificador si no admite su brujería, y ser la consorte del Demonio!-

Del interior de la iglesia, sus dos ayudantes extrajeron a la vieja. Venía atada, sucia y claramente desanimada, pero no había señales de tortura. Aquella no era la forma de actuar del Padre Ignatius, que desconfiaba de toda confesión extraída mediante el dolor. Ya se encargaría Satán de inflingirle un sufrimiento que palideciese cualquiera que hubiese podido sufrir en la Tierra.

Los ayudantes la ataron a un poste frente a la iglesia, y comenzaron a amontonar la leña.

-Mi nombre es Gabriel de Espinosa, Señor de estas tierras, ¡y exijo que os detengáis, dominico!-

El Marqués llegaba al galope, alertado por uno de los mozos del pueblo de lo que estaba sucediendo. Ya había tenido sus roces con el inquisidor desde que había llegado y ahora, vestido con la librea de su Casa, parecía más que dispuesto a detenerlo. A su lado, su hermano y dos caballeros de la pequeña Orden Vindictus estaban en armaduras, y el heredero de la Casa se encontraba detrás.

Sin embargo, el Dominico no parecía impresionado.

-Yo no os digo cómo gobernar vuestras tierras, Marqués, vos no me digáis cómo cuidar del rebaño del Señor Todopoderoso.-

-Esa mujer no tiene más falta que el temor supersticioso de los vecinos, y su deseo de soledad, Padre Ignatius.-

-Discrepo, su Señoría, esta mujer consorta con el Diablo como ha demostrado durante los tres días que la he interrogado. ¡Y vos haríais bien en recordar vuestra posición, como señor terrenal de estas tierras, no supraterrenal!-

El caballo de Gabriel de Espinosa pareció encabritarse ligeramente, elevándose en su enorme y musculosa estatura. A su lado, incluso sobre el atrio, el dominico parecía pequeño, y sin embargo no pareció impresionado ni reducido.

-Estas son mis tierras, como lo fueron antes de mi padre y mi abuelo. Yo administro aquí la justicia- la mano del Marqués, lentamente, pareció acercarse al pomo de su espada, remarcando la amenaza implícita.

-No la justicia de Dios. ¿Os estáis oponiendo a que lleve adelante el poder que me corresponde por la Santa Madre Iglesia? Conocéis las implicaciones de proteger a los herejes y brujos...-

La amenaza estaba clara. Si seguía por ese camino, el propio Marqués sería llevado ante un tribunal de la Inquisición. Y esta raramente sentenciaba en contra de sí misma.

El caballo piafó y se removió inquieto, pero durante unos segundos eternos el Marqués sostuvo la mirada del dominico. Finalmente, con un tirón de las riendas, dio la vuelta a su caballo y él y sus caballeros regresaron a la fortaleza del Pico de los Halcones.

Los gritos y el calor que dejaban atrás les recordaron que el poder de la Iglesia llegaba a todos los lugares.

martes, 26 de julio de 2011

Relato: Libertad Ansiada

Bajo él, la gloriosa ciudad de Granada se encontraba abrazada por los bárbaros brazos del ejército cristiano. Se aproximaba el final y podía notarlo: los defensores estaban dispuestos, los enemigos tenían listas las escalas, la voluntad estaba lista. Incluso las catapultas habían callado, habiendo barrido ya los almenares... palabra que sus propios ancestros habían traído a la península.

Mohammed IV observaba todo esto desde las alturas, desde la inexpugnable y bella Alhambra, a solas en la ventana.

-Mi señor- dijo el Visir Haquim con educación-, ha llegado la hora, los cristianos se lanzan a la carga contra las murallas.-

Años de leal servicio serían ahora recompensados con la muerte. Décadas de gobierno justo serían transformadas y recordadas como barbarie e incultura, cuando ¡era su reino el que había sido epítome del conocimiento! Y no aquella masa de bárbaros e incultos cristianos, que comenzaban a aparecer sobre la muralla, luchando con sus espadas contra las alfanjes de los guardias defensores.

Hubo un tiempo en que sus propios guardianes y soldados eran las mejores fuerzas de combate de la península, o al menos las de sus ancestros. Sin embargo, como demostraba la sangre que comenzaba a cubrir la muralla, aquel tiempo había pasado hacía mucho. Se habían dividido, luchado unos contra otros, y la Casa del Islam había provocado su propia caída. Por mucho que lo había intentado, Mohammed IV era consciente de que jamás había tenido oportunidad de derrotar a los bárbaros del norte, su tiempo en la península ya había pasado.

Mientras los caballeros comenzaban a tomar la puerta y abrirla para que entrase la caballería, no pudo menos que recordar sus intentos de conseguir que el califato de Marrakesh acudiese desde el otro lado del Estrecho. Infructuosos, uno tras otro, pues mientras su propio tiempo declinaba el de su primo del sur crecía. Todo por dejar a la joya del Islam languidecer y, ahora, ser destruida finalmente entre sangre y fuego. Fuego cuyas llamas comenzaban ya a extenderse por los edificios próximos a la muralla, donde la batalla y el pillaje habían dado comienzo.

-Mi Señor- dijo el Visir-, aún está a tiempo de huir.-

-¿Huir a dónde? Ya nada queda de nuestro mundo en esta tierra. Ni Sevilla, ni Córdoba son ya fieles a Alá, sólo Granada resistía...-

La voz se le partió en la garganta, a medida que veía al enemigo tomar posesión de los zocos y los baños, donde hasta la noche anterior eran los fieles los que habitaban. Ahora las casas eran saqueadas, los hombres asesinados, y las mujeres violadas. Él les había fallado a todos.

Mientras los enemigos tomaban posesión de la ciudad, él no podía dejar de recordar las pocas Taifas que aún sobrevivían cuando él había llegado al poder. Mezquinas, zafias, más centradas en su propia supervivencia, en negociar pequeñas concesiones de los cristianos... que en buscar crear un frente unido que se resistiese. Los enemigos a penas estaban más unidos, con débiles reyes y conspiraciones por el poder, y sin embargo habían sabido jugar con las ambiciones y deseos de los diferentes califas como si de un libro abierto se tratase.

Y ahora todos se encaminaban hacia su final, en compensación por sus fracasos... y lo hacían muy literalmente, pues las tropas cristianas ya comenzaban a trepar los inclinados caminos que se dirigían al palacio. La Alhambra era el símbolo de la mayor grandeza de la civilización en la península, de la cultura y la belleza, y ahora iban a profanarla con la barbarie. Era una princesa, entregada para ser violada. Y él no podía hacer nada ya para evitarlo.

Hacía horas que no sabía dónde se había metido el Visir, mientras él observaba por la ventana. Probablemente hubiese huido, o quizás muerto en los combates que se oían en el patio de los leones. Seguro que ni siquiera entendían la belleza del lugar, ni lo único de su composición, simplemente verían botín y muerte. Los cristianos eran así, incapaces de ver la grandeza aunque la tuviesen delante, y sin embargo expertos en la guerra y la destrucción. ¡Que combinación más horrible y fatídica! Anatema de toda creación, el gran devorador, que ahora llamaba a su puerta con estruendo.

-¡Mi nombre es Gabriel de Villena! ¡Ríndete, sucia escoria y se mi prisionero!-

Probablemente la historia hablase de un gran duelo, del entrecruzamiento de las espadas, de los gestos de valentía... de la épica tragedia de aquel momento. Y, sin embargo, nada más lejos de la verdad.

El hombre frente a él estaba sucio, claramente llevaba varios días sin lavarse y su espada estaba mellada. La armadura estaba mal encajada, rota en numerosos puntos, y cubierta de sangre. Y su cara, era firme y brutal, salvaje como la espada que portaba.

Era algo peor que la muerte.

Mohammed IV se dio la vuelta y saltó. Fue breve, un momento de auténtica libertad, el primero en su atribulada vida.

lunes, 9 de mayo de 2011

Relato: Cruz y Acero

Ezequiel Tovar, Obispo del Condado de Málaga, era un hombre mayor, con el pelo canoso recogido en una tonsura cuidada y unos ojos severos que observaban el mundo desde una nariz aguileña y afilada. Era un clérigo duro, que ahora tenía su catedral llena a rebosar de nobles, clérigos y villanos. Frente a él, arrodillado, Guzmán de Medina-Sidonia esperaba en silencio mientras los monjes del atrio cantaban con sus numerosas voces en coros profundos y graves. Todo el edificio parecía retumbar con sus vibraciones, mientras la nobleza esperaba que finalmente llegase el final del conflicto.

Detrás del noble postrado, en pie y con mal gesto, Gaspar de Medina-Sidonia observaba la ceremonia. Más grande y fuerte que su hermano mayor, mejor general y epítome de lo que se espera de un caballero Alba, sabía que era su deber estar en el sillón de Conde, y no el enclenque de su hermano. Y, aún así, la ley le obligaba a esperar y deponer sus ambiciones, aún cuando su propio padre, postrado en su lecho de muerte, le había dicho a él que era el digno gobernante del Condado. ¡Él debía ser Conde, no Guzmán! Y, sin embargo, se veía encerrado por las leyes, por la tradición y el honor, a quedar en segundo plano mientras el inepto de su hermano mayor recibía un poder y una gloria que no sabría manejar.

Enrique Ugarte, Marqués de la Casa Ugarte, se removía inquieto mientras progresaba la ceremonia. Si la Iglesia confirmaba a Guzmán como heredero, sus deseos y ambiciones se verían frustrados. A su lado, Lucas de Vallehermoso respiraba tranquilo y concentrado, satisfecho de que la tensión que el condado vivía fuese a terminar. Estando su feudo en el centro del Condado, sabía que si los Alba marchaban a la guerra, suyas serían las tierras que fuesen arrasadas y quemadas. Había demasiado que perder.

Ezequiel observaba todo esto con calma, notando hasta el más pequeño detalle que tenía frente a él, como si de transcribir un códice se tratase. Y le molestaba la tranquilidad de Jorge de Triana. Algo tramaba aquel hombre, algo sabía, algo ambicionaba. Era de los pocos a quienes el viejo obispo no podía leer como un libro abierto y era, por tanto, un problema para él. Un hombre de poca fe y demasiada ambición se mantenía al margen del poder de la Iglesia y, con ello, de su mano. Y al Obispo no le gustaba que alguien estuviese fuera de su control. En la tierra de los más devotos, le incomodaba que alguien mantuviese una posición diferente.

En el fondo de la catedral, lejos de donde Ezequiel esperaba el final de los cantos, se comenzó a armar un revuelo. Gritos de disgusto, empujones y movimientos poco controlados avanzaban por el centro en dirección al altar, como una ola en un mar tranquilo. Las voces de los monjes bajaron a las últimas notas, el "Deus Vult. Dei Gratia" que marcaba el final de la oración por el buen gobierno del Conde. Justo en ese momento, se oyó un grito por encima del tumulto, una voz grave y potente como los goznes de un destino que se rompe.

-¡Alto! ¡Detened esta atrocidad! ¡Nadie quiere a un enclenque como Conde! ¡Larga vida a Gaspar de Medina-Sidonia!-

El hombre que así hablaba, poco más que un adolescente caminaba al frente de un nutrido grupo de caballeros de corta edad. En su pecho, sobre su armadura, lucía el blasón de la Casa de Triana, una calavera dorada sobre campo rojo, recordatorio de que fue su fundador el que eliminó al último rey moro de la península, Mohammed IV. Ante sus palabras se organizó un tumulto entre aquellos que defendían que la ceremonia continuase y los que se oponían. Y, en el medio de los gritos, el Obispo vio la sonrisa tranquila y confiada del Señor de la Casa de Triana. Iba a comenzar un golpe, uno que el obispo no había visto venir. ¿Quien osaría, al fin y al cabo, desafiar a alguien en la Casa de Dios? Sólo quien no creyese profundamente, sólo un mezquino y ambicioso hijo de la grandísima puta de Babilonia.

Guzmán se dio la vuelta y se puso en pie, dirigiéndose a la multitud para intentar tranquilizarla, y varios nobles respondieron. Ludovico Osorio el primero, anciano Marqués, veterano y respetado por todos por su honor y capacidad. Intentó remarcar la importancia del momento, de una sucesión tranquila que evitase derramamientos innecesarios, de volver a una paz que permitiese concentrarse en los enemigos exteriores. No fue escuchado. Ni él ni los otros que lo intentaron, y el clamor de los gritos fue creciendo hasta que los cánticos de los monjes quedaron olvidados. Desde el atrio, Ezequiel observó con pavor como el joven caballero de Triana avanzaba hacia Gaspar de Medina-Sidonia y se arrodillaba ante él, jurándole vasallaje y servicio ante todos. ¡Aquello era un ultraje! ¡Gaspar no debía heredar! Mientras sentía la ira crecer en su interior, oyó el primero de los silbidos. Suave, siseante y amenazante como una serpiente, mortal como únicamente una espada puede ser. Miguel de Escudero, futuro heredero de su Casa, era quien había desenvainado en la Casa de Dios, y había puesto su espada en el cuello del joven caballero postrado.

-¡En pie, idiota! ¡Nuestro Señor debe ser Guzmán, por sangre y edad el justo heredero de estas tierras!-

En efecto, el caballero se puso en pie, pero su espada salió de su funda en respuesta, y se cruzó con la suya en el espacio entre ambos. Sonreía, agresivo y decidido como un depredador, frente al hielo y la calma con que Miguel de Escudero lo analizaba.

-¡Jamás, antes muerto que servir a alguien que no merece llevar la sangre de su Casa!-

Y todo estalló de pronto, como si aquella frase fuera la que hubiese destruido un dique. Una espada salió de su vaina, luego otra, y después más las siguieron. En un lateral, un caballero se abalanzó sobre su oponente, y el choque resonó en toda la catedral cuando sus aceros se encontraron y comenzaron su danza de muerte. Otros se les unieron en seguida. Mientras los campesinos huían despavoridos ante el comienzo de la batalla, y los santos observaban mudos el ultraje de la iglesia, Ezequiel no podía hacer nada más que observar como aquí primero, y después allí, la sangre comenzaba a cubrir el suelo.

Miguel de Escudero fue el primero en caer, y con él la Casa de Escudero juró eterna venganza a gritos contra la Casa de Triana. Ambas chocaron con fuerza y violencia, mientras el resto de los Marquesados del feudo se iban repartiendo a marchas forzadas entre los que apoyaban a uno y a otro heredero. La paz se rompió al mismo tiempo que la efigie de San Anselmo, destrozada por los mandobles de uno de los caballeros.

Ezequiel intentaba respirar con fuerza, hacer algo, pero cuando el acero cantaba no había nada que su voz pudiese hacer. Desde el altar observaba mudo cómo los defensores de Gaspar lo sacaban entre todos de la iglesia, y cómo los que quedaban se batían entre si. No duró mucho el combate, aunque para el obispo fue como pasar una eternidad en el infierno. Para cuando se fue acallando, una docena de caballeros de distintas Casas yacían muertos en el suelo, y una veintena estaban heridos.

Su sangre, que profanaba todo el frontal de la Iglesia, marcaba el comienzo del conflicto como un sacrílego vaticinio de los tiempos por venir. Toda posibilidad de una sucesión pacífica se evaporaba, como la memoria de un agradable sueño se desvance cuando uno despierta. Y este había sido un despertar abrupto, doloroso y herético, cuya ambición y brutalidad desafiaba la misma voluntad de los Cielos en su propia catedral.

martes, 15 de febrero de 2011

Relato: El Honor de los Medinaceli

Jorge de Medinaceli, Duque de la Casa de Medinaceli, se encontraba disfrutando de la compañía de una de las jóvenes e impresionables nobles que acudían aquellos días a Toledo. Ella, bella e inocente como una flor, le entregaba casi sin darse cuenta todo lo que debería haber permanecido intacto e inviolado para cuando se uniese a algún hombre en Santo Matrimonio. Para Jorge, con su poder y habilidad, no había sido difícil seducirla pero la verdad es que aquella noche él quería un placer tranquilo y sin complicaciones; bastante tenía con todo lo relativo a la alta política que se estaba celebrando durante aquellos días. Demasiados nobles, demasiado juntos.

Y entonces, toda la tranquilidad y suavidad de los muslos de ella, calientes y sudorosos, se vio interrumpida por tres firmes golpes en la puerta. Sólo el chambelán de la Casa se atrevería a molestarle en una situación como esta, y únicamente si se trataba de algo importante. Por un momento, sólo pensó en ignorarlo, en hacer como si no hubiese oído nada, y la sonrisa suave e incitadora de ella parecía animarlo a ello.

Pero no debía. Y no podía. Limpiándose la sangre fruto de la tierra descubierta y conquistada, comenzó a vestirse ante una chica sorprendida que, lentamente, se iba dando cuenta de lo que había hecho. Sin embargo, una sonrisa de Jorge bastó para sacarle las dudas, y convencerla de que esperase por él brevemente, que en seguida podrían terminar lo empezado. Al menos, eso esperaba él. Lo último que hacía falta era saber que en la noche anterior al comienzo de los lances de los torneos, algún Alba había comenzado una batalla, o que un Alarcón herido en su honor había decidido tomarse la justicia de su mano, o quizás un Cruilles había iniciado un duelo porque habían atacado su orgullo. Cualquier cosa.

Para lo que no estaba preparado, ciertamente, era para encontrarse a su sobrino segundo abajo. Mientras descendía, completamente acicalado, las escaleras del palacio real de Toledo notó que al lado del célebre y galante Caballero de las Cuatro Coronas se encontraba otro, a quien el Duque no conocía. No era de la Corte, eso estaba claro, y por su heráldica creía estar seguro de que era miembro de una Casa menor Alarcón, una de las alejadas.

-Mi Señor Duque- saludó su sobrino, con la reverencia profunda que correspondía a la situación-. Lamento molestaros, pero los miembros de la Casa de la Vega han traído a mi atención algo de la mayor importancia y que no podía retrasar en traer a vuestra atención.-

Se notaba que el caballero de justas estaba incómodo y nervioso, y no era habitual ver así a aquel joven, siempre tan seguro de si mismos que resultaba un poco apabullante para muchos. Para Jorge era desconcertante verlo así, y lo que no encajaba en su lugar no le gustaba al Duque, que debía encargarse de que todo funcionase a la perfección. Hyspania se mantenía unida por los pelos, cualquier error en el torneo podría ser fatal.

-El Caballero del Sabueso ha traído a mi atención un complot que debe ser solventado esta misma noche. No sería complicado, tío, pero tiene sus ramificaciones políticas que vos sabréis ver mejor que yo. Resulta, tío...- las palabras del caballero se interrumpieron.

Jorge podía claramente ver que aquello no era el terreno del famoso luchador de torneos y conquistador de mujeres, pero ahora eso no le importaba. Ramificaciones políticas en la noche previa al comienzo de las justas, no era bueno. No después de todo lo que se había discutido entre las Casas Ducales la noche anterior. Nada podía interferir en los planes. No si Hyspania iba a evitar la guerra civil.

-Por favor, Luis, deja de dar vueltas y ve al grano- la proverbial afabilidad del Duque, siempre cercano, se había congelado ligeramente. Formal pero algo distante, su voz grave demostraba que no había tiempo para ser encantador en aquella situación.

-Resulta que la Casa Rivellez ha tenido... bueno, va a tener... un accidente. Lo han arreglado todo, tío, para que el heredero muera en el torneo. Ya sabe que Julián de Rivellez es un poco... cortito, tío... en cambio su segundo hermano sería mucho más apto para el gobierno de la Casa. Así que han dañado los estribos que va a usar Julián, y han comprado a nuestro organizador para asegurarse de que se bata conmigo en la primera ronda. No sobrevivirá, tío.-

No tuvo que explicarle al Duque todo lo que había detrás, Jorge lo tenía muy claro. Por un lado, una sucesión fuerte podría mantener la zona de los Rivellez bien y en paz. Segura. Por otro, los Vega ahora sabían que se había comprado a su juez, lo que dañaría el honor de los Medinaceli y las posibilidades de que su gobierno funcionase. Pero los Rivellez tenían una posición clave para algunas cosas... y, por otro lado, no tendría problema en anular políticamente a los Vega si hiciese falta, aún cuando ahora que lo recordaba tenían fama de buenos políticos.

El silencio se prolongó unos segundos, muy poco tiempo para que nadie se diese cuenta de todas las opciones que eran analizadas en su mente. Él había nacido para esto, y la política era su campo de juego habitual.

-Caballeros, todo esto debe quedar entre nosotros- dijo, abarcando a los dos con una mirada, notando la incomodidad de ambos caballeros ante su escrutinio-. Ahora iréis a casa de ese juez, y os encargaréis de él. Interrogadlo y aseguraros de su culpabilidad y, si es cierta la acusación, mañana uno nuevo e imparcial ocupará su lugar- la velada referencia a la ejecución no pasó desapercibida a ninguno de los dos caballeros, que asintieron sombríos-. El honor del Rey debe permanecer sin mácula. Ya hablaremos de las recompensas por vuestro honor y vuestro deber, caballeros.-

En silencio, ambos hicieron profundas reverencias y abandonaron el palacio, dispuestos a cumplir su cometido. El poder podía conseguir muchas cosas, pero no tantas como el honor. No importaba tenerlo o no, a diferencia de lo que creían los Alarcón, sino aparentarlo. Si creían que no lo tenías, no valías nada como gobernante a menos que pudieses imponerte por la espada... y ese era un camino que no estaba dispuesto a que el Reino recorriese aún.

El Duque se encontró pensando sobre cómo le explicaría todo esto al Rey de modo que el joven no se inmiscuyese ni hiciese público lo que debía quedar en secreto. Alfonso era demasiado inocente, demasiado puro. Había aprendido mucho, pero le quedaba aún demasiado por recorrer. Pero sería en el futuro, ahora Jorge de Medinaceli sólo quería regersar a los cálidos muslos de la joven. Esta noche sólo deseaba descansar y disfrutar, y dejarse querer un poco. Sin embargo, el chambelán le interrumpió.

-Mi Señor, Gabriel Gallardo, el nuevo valido de su Casa, solicita una audiencia. Dice que es importante...-

Parecía que el deseado descanso se iba a retrasar más todavía.

-Muy bien. Que le suban unas fresas a María- dijo, con fastidio, viendo entrar a tres nuevos caballeros en la sala.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Relato: Lección Sobre el Condado del Infantazgo

Sentaos, joven Señor, que tenéis mucho que aprender sobre estas tierras que ahora son vuestras. Desde esa ventana podéis divisar toda Segovia, y más allá las llanuras y fértiles tierras de este Condado que habéis heredado, que llega hasta las montañas que podéis divisar en la lejanía. Pero, para poder gobernarlo con efectividad, y si algún día queréis ser un buen Duque, debéis conocer su historia. Así pues, mi Señor, por favor, tomad asiento que os voy a contar como todo esto llegó a ser como es hoy en día.

Veréis, mi Señor, la historia del Condado del Infantazgo, tal como lo conocemos ahora, comenzó cuando fue Reconquistado de manos de los musulmanes por vuestro ancestro, su Majestad Alfonso VII, reconocido con el sobrenombre "El Líder" por su gran habilidad y poderío. Por aquel entonces, las fuerzas de vuestra Casa eran las más poderosas del Reino, mi Señor, y vuestros ancestros portaban orgullosos la Corona de Hyspania sobre sus cabezas. Tal era la fuerza y el empuje que tenían sus ejércitos, y el liderazgo de sus generales y Señores, que tras la caída de Segovia en el año de nuestro Señor de 984, el resto de las tierras de la zona la siguieron en la década siguiente.

Fue un tiempo de dicha, que incluyó la victoria sobre las tropas Portuguesas en lo que ahora son tierras de la Casa de Medinaceli, y el ascenso de aquella al rango de Casa Ducal. Pero, para lo que nos importa, las tierras de Segovia fueron entregadas a la Casa de Ferria, mi Casa Señor, que había destacado en la guerra y cuyo líder había demostrado una gran capacidad para el gobierno. Ciertamente, el Conde Teodosio de Ferria era un ejemplo a seguir, un hombre muy notable en todos los aspectos de su vida. En cualquier caso, que me desvío, así fue hasta que el Rey Lucas I, "El Sabio", cambió todo en el año de nuestro Señor de 1054.

Él creía que sus hijos y los hijos de estos debían aprender a gobernar pequeños territorios antes de tener que gobernar todo el Reino, de modo que reorganizó el Condado para que pudiese cumplir esta función. Decidió que su hijo mayor, Rodrigo, se convirtiese en el Conde del Infantazgo, nombre con el que se conoció a partir de entonces al Condado de Segovia; la Casa de Ferria se convertiría en su brazo armado directo, y los encargados de instruirlo y guiarlo en las lecciones sobre el gobierno, el poder y la Corona. Era un gran honor el que se nos concedía a los Ferria, que lo aceptamos gustosos aún cuando implicaba perder el control de lo que era anteriormente nuestro propio Condado. Pero somos una familia de servidores de la Casa de Alarcón, mi Señor, y siempre estaremos a vuestros pies por muchos sacrificios que ello implique.

Desde entonces, el Condado tomó su actual nombre, y comenzó su historia tal como lo conocemos hoy en día. Sin embargo, he de reconocer, mi Señor, que la idea de vuestro ancestro de que instruyésemos aquí a los futuros Herederos de la Corona, no siempre funcionó.

De hecho, su propio hijo Rodrigo II y su nieto Alfonso VIII fueron conocidos por su crueldad, y falta de honor. Y es algo que debéis saber, pues se debió en parte a nuestro fracaso en instruirles adecuadamente, ya que no sabíamos bien como hacerlo. Algunos incluso nos achacan la creciente debilidad de vuestra familia, mi Señor, que llevó finalmente a que los Medinaceli osasen levantarse en armas y os arrebatasen la Corona que justamente pertenece a vuestro linaje. ¡Pero no tenemos culpa de ello, mi Señor! Como veréis con los años, lo hacemos lo mejor que podemos, y no encontraréis vasallos más leales y dispuestos que nosotros. Hemos renunciado al señorío de este Condado para que vuestro linaje fuese todo lo fuerte que podría ser, y a ello entregamos cada aliento que poseemos.

En cualquier caso, que me desvío de nuevo, de todo aquello ha pasado mucho tiempo. Y este Condado ya no tiene la gloria que una vez tuvo. Sin embargo, mi joven Señor, aún hay muchos, especialmente en nuestra Casa, que os llaman en secreto el Príncipe del Infantazgo, y que esperan que algún día os alcéis de nuevo con la Corona que os corresponde. A mi no me corresponde juzgar, por supuesto, pero toméis el camino que toméis, sabed que siempre estaremos a vuestro lado, como estuvimos al lado de vuestro padre, vuestro abuelo, y todos vuestros ancestros que desde Lucas I fueron puestos a nuestro cuidado.

sábado, 21 de agosto de 2010

Relato: Oro Sobre Púrpura

-¡Imagínalo! ¡Sólo eso! Dentro de unos meses, todo esto lleno con los pabellones de los caballeros, los demás nobles, las Casas...- los ojos del joven Rey Alfonso XI brillaban mientras observaba la explanada a su alrededor.

Y ciertamente, la llanura frente a Toledo se encontraba poco habitualmente ocupada. A una cierta distancia, una cuadrilla de trabajadores estaba comenzando a construir los palcos donde los nobles se sentarían; varias carretas estaban llegando, cargando maderos y otros materiales de construcción, y los guardias de la Casa Medinaceli patrullaban aburridos por la zona. Incluso un mercader se había acercado, pensando en vender bocadillos o encurtidos a los trabajadores, quizás con un poco de agua o cerveza.

Justo detrás del Rey, su tío Jorge de Medinaceli observaba todo con tranquilidad y seriedad. La brisa que se alzaba ocasionalmente le removía el pelo, por lo cual estaba despeinado, y aún así parecía no perder nada de la gracia habitual en su persona.

-Hay asuntos más importantes que el torneo que tratar durante esas noches, Su Majestad.-

-Ciertamente, no creáis tío que me he olvidado de que he de procurarme una esposa. Desde lo ocurrido en navidad, lo cierto es que sabéis que tengo presente ese deber, y que incluso hemos estado sondeando las Casas en busca de una mujer adecuada... pero eso es política, ¡y las justas son otra cosa!-

-Y los Alba...-

-En efecto, y los Alba. Tío, no me he olvidado de ellos, pero... sinceramente, por mucho que lo pienso, sigo sin verle una salida a su situación. No una al menos que evite una guerra intestina- el rostro del joven Rey se ensombreció mientras se aproximaba a la conclusión de sus palabras.

El Duque de la Casa Medinaceli se quedó pensativo un rato mientras pensaba sobre las palabras dichas por su sobrino. En efecto, él también había pensado mucho al respecto de aquel problema. Uno que ahora todas las Casas tendrían que afrontar, de un modo u otro.

-Desde luego, Su Majestad, es un problema considerable. Y uno que he debatido con muchos de sus mejores siervos en busca de una solución adecuada. Pero me temo que ninguno hemos conseguido una solución que lo satisfaga, Majestad. De un modo u otro, hemos de conseguir que las Casas se enfrenten entre si, pero de modo que todo quede a la vez en el status quo actual.-

-¿Status... quo? Eso es que las cosas no cambien, ¿no?- el Rey, ciertamente, se aburría durante sus estudios de latín.

-Si, Majestad. Deben ser divididas, y a la vez fragmentadas, de modo que al final ninguna tenga poder suficiente como para alzarse con una victoria y, así, se vean obligadas a no hacer nada.-

-¿Vendrá la Dama Juana de Gladix?- el Rey de pronto cambió de tema, recordando aquel rostro rubicundo, menudo y bonito que le habían mostrado retratado en el interior de un colgante de viaje.

El Duque asintió, observando como el Rey se alejaba por el campo, de nuevo más pendiente de su imaginación sobre los caballeros y nobles, las justas y las damas. Con un leve negar de su cabeza, más para sí que otra cosa, Jorge de Medinaceli lo siguió. "Es demasiado joven para lo que se nos viene encima a todos..." pensó, preocupado, mientras lo seguía por el campo aquella soleada mañana de primavera.

domingo, 1 de agosto de 2010

Relato: La Fuerza de la Piedra

Elevada entre los picos del Paso del Sur, en el Macizo Galaico, hay una fortaleza. Construida hace casi doscientos años, observa el mundo con tranquila y sólida paciencia, desde su incomparable altura. Dicen que ella es la más antigua, alta de todas, y la más inexpugnable, pero ella simplemente espera. A qué, nadie lo sabe.

Manuel de Jovellanos la estaba inspeccionando, aunque era más un tranquilo reencuentro entre viejos amigos. Hacía muchos años que se conocían, y sus reencuentros siempre conmovían algo en el tranquilo corazón del Duque. Le recordaba que todavía quedaba algo de su época vivo, cuando la mayor parte ya habían ido reencontrándose con Dios por enfermedad, guerra o simple vejez. Pero ella, la incomparable Guarida do Falcón, siempre lo recibía con su tranquila amistad.

Pero esa tranquila comunión entre ambos se vio rota por la acción humana cuando un sirviente de la Casa abrió la escotilla de la torre para entregarle un mensaje. Una llamada del Rey.

A solas, el Señor de la Casa Jovellanos leyó con calma el texto, permitiendo que su sirviente se retirase. La llamada era pronta, y habría mucho que preparar para mover a todos los caballeros hasta allí, pero había tiempo para avisar al Chambelán. Lo que le importaba era lo que ocurriría entre bastidores, lejos de la arena donde los caballeros medirían su habilidad para mayor solaz de nobles y damas. Y "El Viejo Pálido" era, tras tantos años, un maestro preparándose para los encuentros.

Los Alba necesitaban un enemigo exterior para eliminar las posibles sediciones; los Cruilles querrían cambiar su destino reciente y volver a crecer, temiendo decaer como los Alarcón; estos, por su parte, simplemente querrían no ser destruidos más; y los Medinaceli querrían consolidar la paz en el Reino y buscar mantener la paz y solidez. Los jóvenes eran fáciles de leer, por mucho que se creyesen maestros de sus artes.

Pero, tras tantos años, él tampoco tenía sorpresas, como no los tenía la Guarida do Falcón. Ella, como él, simplemente eran eficaces en su misión, pero hacía tiempo que habían mostrado ya sus cartas. Ahora jugaban con ellas como mejor podían. Y eso era lo que ocurriría en verano, desde luego. Él acudiría allí y observaría, los vería a todos maquinar y jugar, y leería sus movimientos como siempre hacía. Entonces actuaría.

Como la sólida fortaleza, que actúa tan pronto el enemigo se encuentra frente a sus murallas, él actuaría cuando viese ocasión. Lo único que importaba era mantener seguro a Santiago Apóstol, del resto se ocuparía el Señor Todopoderoso... y su propia habilidad.

sábado, 31 de julio de 2010

Relato: Palabras y Acero

Delante de él, dos de sus hidalgos discutían con vehemencia y pasión, algo de lo que Antonio de Alba estaba ya cansado. Sus numerosos caballeros llevaban así, por una u otra razón, toda su vida y los gritos parecían clavarsele ya en el fondo del alma.

-Silencio- solicitó, pero con los gritos era obvio que no le escucharon siquiera; de hecho, el Caballero del Dragón parecía dispuesto a desenfundar inmediatamente- ¡Silencio, he dicho!-

En efecto, el ruido desapareció con rapidez ante sus palabras elevadas. Ni siquiera realmente había gritado, simplemente había puesto un tono de voz más sólido, y los otros lo habían captado; primero, los ayudantes de cámara y los consejeros se habían callado, y finalmente los dos caballeros. A su lado, Ernesto de Alba cambió ligeramente el peso de sus piernas, acercando ligeramente la mano al pomo de su espada por su alguien osaba desafiar al Duque, pero permaneció en silencio.

-Mi Señor, solicito permiso para batirme en duelo por mi honor con este... despreciable ser, carente de toda mesura, etiqueta y honor- las palabras del Caballero del Dragón eran vehementes, y sus miradas parecían arder en dirección a su oponente.

-¿Yo el carente de honor y mesura? ¿Os habéis visto siquiera? ¡Sois la viva prueba de vuestra incapacidad!- respondió el Caballero del Buitre, con aires.

Antonio bien conocía a aquel caballero, era problemático y le gustaba provocar a los demás para que fuesen los otros los que iniciasen las trifulcas. Desgraciadamente, aquello no era ilegal, y el Duque se encontraba atado de manos para castigarlo mientras se iba enfrentando a un caballero tras otro. Pero, ahora, tenía un plan en la cabeza. Esa misma mañana había llegado un mensajero del Rey y Antonio llevaba rumiando la línea de acción desde entonces, en silencio y tranquilidad.

-En efecto, os doy permiso para solventar este duelo de honor. Sin embargo, no os batiréis aquí, sino que participaréis en la Justa que tendrá lugar en breve en Toledo. Y no lucharéis el uno contra el otro, sino que el que llegue a una ronda más avanzada será el vencedor.-

-Pero, mi Señor- protestó el Caballero del Dragón, atónito y extrañado-, eso va por completo en contra de los hábitos y lo que se espera. Es... poco ortodoxo, mi Señor, sin ofender.-

-Lo sé, lo sé. Sin embargo, estoy harto de que la Casa Alba se desangre en luchas intestinas. De que nuestros caballeros luchen unos contra otros en vez de contra los enemigos. Ahora deberéis hacer a otros sangrar para solventar vuestras disputas, y al hacerlo os traeréis gloria a vos mismos y a toda la Casa.-

Se hizo el silencio, pero era obvio que el Caballero del Dragón y el del Buitre no estaban muy de acuerdo. Su callado respeto era más bien fruto de que sabían que estaban muy por debajo de posición que su Duque y, por tanto, no eran dignos de rebelarse. Y a la silenciosa presencia de Ernesto. Antonio los vio marchar ofendidos.

-Y recordad que si no llegáis vivos a las Justas habréis faltado a una prueba de honor, así que os recomendaría que no os batieseis hasta entonces...- esperaba que aquello mantuviese al Caballero del Buitre bajo control. Al menos hasta el verano. Quizás, con suerte, entonces le ocurriese algo desafortunado.

Sin embargo, si era sincero consigo mismo, el Caballero del Buitre sólo era un problema muy menor. Había decenas de caballeros como él, que buscaban un enemigo contra quien usar sus espadas ahora que no quedaban Infieles a los que derribar. Lo peor es que como ellos eran algunos de sus Condes y Marqueses, y eso era mucho más terrible.

En cualquier caso, la mente de Antonio pronto abandonó el conflicto y pensó en lo que vendría. Temía que la división de la Casa se mostrase en los días del Torneo Real, pero también sabía que era una ocasión de poder. El Rey tendría que mantener a la Casa Alba ocupada de un modo u otro, y eso quizás le diese el enemigo exterior que necesitaba para evitar que la Casa se hundiese en sus divisiones internas.

El acero Alba no se había podido envainar tras las guerras. Pero, quizás con esfuerzo y tiempo, pudiese ser encauzado. Como aquella tarde, donde la lucha intestina al final se había transformado en algo productivo.

Si sólo lo respetasen los suyos tanto como merecía...

Relato: Sobre los Mares del Destino

Josep de Cruilles salió de la lujosa casa con una amplia sonrisa en su cara, y un trotar ligero y feliz. Delante de él, la guardia de su Casa se movilizó para asegurarse que nada le pasaba en mitad de Barcelona, pero él ni la vio; él estaba demasiado pendiente de los olores de las casas, de los colores de los edificios gremiales, y de los sonidos de la vida del pueblo llano. Había sido una buena mañana. Detrás de él, Llordi de Cruilles, su consejero, salió trotando, tratando de mantener su ritmo.

-Ha sido usted muy hábil en las negociaciones, mi Señor- le dijo, en Catalán, como solían hablar entre sí los miembros de la Casa.

-Sí, lo he estado, eso es cierto- respondió el Duque con una risa natural y tranquila, amigable y sin trampas-. Pero la verdad es que este arreglo beneficiará tanto al Gremio de los Joyeros como a nosotros, lo cual es doblemente beneficioso. Va a ser un buen año, Llordi, lo presiento, un año en que comenzar a compensar las pérdidas.-

Su consejero asintió, manteniendo el ritmo con dificultad.

-Lo cierto es que habéis heredado una Casa debilitada, todos los sabemos, pero también somos conscientes de que si alguien puede recuperar la gloria perdida sois vos, mi Señor.-

-Es como un negocio, mi buen amigo, o los lances de una justa. Unas veces van bien, en otras no. Es cuestión de saber aprovechar los primeros, y minimizar los daños de los segundos.-

El Duque se detuvo a comprar una pieza de fruta para seguir trotando a lo largo de la calle, con energía y felicidad. Había días que simplemente eran buenos. Entonces, frente a él, apareció un joven con la librea de la casa; la cara transpirada del sirviente y su rostro congestionado mostraban que había corrido un buen rato en el tranquilo aire primaveral. Los guardias bajaron las lanzas, bloqueando su acceso, pero el Duque lo dejó pasar al ver que portaba una misiva. El muchacho avanzó, y se inclinó con poca gracia frente al Señor.

-Mi... mi Señor, ha llegado una... una misiva al Castillo. Me han dicho que... que era importante, y que corriese a traérosla. Así que aquí... aquí la tenéis.-

La entregó y se marchó, pero el Duque ya no le estaba prestando atención. El sello de la Carta era el Sello de la Casa Real, y el contenido era una llamada, un reclamo para que acudiesen a Toledo a un torneo real. El paso de Josep se hizo más lento mientras leía, y permaneció más lento aún cuando la cerraba y se mesaba la barba. En algún lugar de la calle, la fruta permanecía tirada.

-¿Malas nuevas, mi Señor?- preguntó Llordi, preocupado.

-No, malas no, mi buen amigo. Una oportunidad. Un riesgo. Hemos de ir al castillo, tenemos mucho que planear y preparar en los meses por delante. Misivas por enviar. Piezas que encajar en sus sitio.-

Llordi permaneció en silencio, sabía que mientras su Señor planeaba, lo mejor era esperar a que diese atisbos de plan y se dejase de vaguedades. Entonces sí que aceptaba las críticas y las ideas, pero no ahora, mientras su estado de ánimo cambiaba a la velocidad en que sus pasos reducían su distancia.

-¿Recuerdas que dije que este iba a ser un buen año, Llordi?-

-Si, mi Señor, por supuesto.-

-Acaba de llegar la carta que va a ponernos por delante la ocasión de que así sea, o de que fracasemos profundamente. Convoca a la Corte, hemos de llamar al Caballero de la Daga junto a nosotros, pues le necesitaremos. Y los mejores caballeros de justas, por supuesto, como el Caballero del Águila Negra. Pero, sobretodo, llamad a los cortesanos. Hemos de planear.-

-Por supuesto, mi Señor.-

Josep Cruilles continuó caminando, ignornando la reverencia de Llordi y como su consejero se alejaba en pos de lo que había solicitado. Ya no importaba el olor de las curtidurías varios barrios más allá, ni el sonido de los herreros y sus martillos que golpeaban rítmicamente por delante de él, ni siquiera las gaviotas que volaban sobre él y buscaban alimento. La vida de la ciudad ya había desaparecido, un nuevo negocio había surgido, uno donde los riesgos de inversión eran muy grandes... pero mayores podían ser los beneficios.

jueves, 29 de julio de 2010

Relato: A Vista de Águila

Frente a él, la llanura de Castilla se extendía como un mar amarillo mecido suavemente en olas por las leves brisas del viento. Siempre le había gustado aquella vista más que ninguna otra, más que las elevadas vistas de la torre norte que daban sobre Burgos. En el fondo, quizás, Alfredo de Alarcón era un hombre sencillo. Tal vez, incluso, muy en sus profundidades echase de menos la tranquila paz del monasterio.

La puerta tras él se abrió, y los familiares pasos de Ernesto se acercaron a él.

-Hay nuevas, mi señor. El Rey ha convocado a las Casas a una justa este mismo verano. Quiere ver medirse a las mejores lanzas del Reino, y probablemente mantener ocupada a la Casa Alba y que no dediquen el verano a destrozarse mutuamente.-

-Se destrozarán de todas todas...- dijo el Duque, volviéndose con un suspiro y observando a su agraciado hijo. Algún día, quizás, él podría terminar su labor. Ahora, Alfredo ya estaba demasiado cansado de la vida y de la lucha.

-Ciertamente- dijo el joven con una sonrisa predadora-, como debe ser. También parece que el Obispo de Burgos se halla mal. Gripe, dicen- y acompañó el gesto presignándose con rapidez, intentando mantener alejado tan terrible mal.

-Parece que tendremos por delante un año ocupado. El Cardenal debe estar lleno de visitas.-

"Soy demasiado viejo para esto" pensó una vez más en el mismo día. Viendo su aflicción, su hijo le sonrió tranquilo pero educado, demasiado bien educado para romper la etiqueta.

-Es curioso- comenzó el Duque, dándose de nuevo la vuelta y mirando por la ventana-, creí que podría cambiar el mundo, y al final es el mundo el que me ha cambiado a mi. Su Eminencia Guzmán de Alba suele decir que "a Dios rogando y con el mazo dando", pero creo que Ildefonso tiene razón cuando enfatiza que esto es un valle de lágrimas. Y parece que a nosotros nos ha tocado ahogarnos en ellas.-

Ernesto permaneció en silencio. Conocía a su padre, y aunque quizás no fuese afecto lo que los uniese, sabía que era con él con uno de los pocos con los que el Duque se sinceraba y lanzaba sus monólogos internos. Así que calló, y dejó al señor de su Casa hablar consigo mismo.

-Y es extraño, que este valle de lágrimas tenga el aspecto de una llanura. Supongo que nuestro Señor Dios Todopoderoso- dijo, presignándose al mencionarlo- tiene un cierto gusto por la ironía mientras nos pone a prueba. Por suerte, supongo, no me queda demasiado más por luchar. Un perro viejo y desdentado ya no puede morder mucho más... pero tú, Ernesto... tú...-

Las palabras quedaron en el aire, mientras el Señor se inclinaba levemente sobre la ventana. Y su hijo, detrás de él, pudo sentir el peso que su padre ponía sobre sus hombros. Sus frustraciones, sus fracasos, todo ello pesaba sobre la ancha espalda de Ernesto como la muralla de la ciudad ducal. A veces, incluso, pensaba que tanto peso le fracturaría su espina dorsal... y en otras ocasiones, esperaba con ansia el momento de poder finalmente ponerse a prueba.

Un águila real surcó el cielo en círculos sobre ellos, como llevaba haciendo muchos años. Al principio, Alfredo había querido ver en ello un signo del futuro, una marca del destino. Pero, al final, sólo había quedado la ironía, la realeza tan bella, cercana... y a la vez, elevada en un cielo demasiado distante. Inalcanzable para siempre.

"Regia", como la había bautizado en secreto, lanzó un fuerte chillido de desafío... pero si era contra el tiempo, contra un destino que había llenado su mano de malas cartas, o contra un mundo que ya no encajaba con lo que había sido, no estaba claro. Quizás, simplemente, buscaba un ratón que comer en la tierra, cerca del castillo. Tal vez los Alarcón fueran más ratones cada vez, y menos águilas.

lunes, 26 de julio de 2010

Relato: Los Perros de Torres

La mañana era fría, con un cielo azul pálido que más parecía hielo que otra cosa. Sólo un par de nubes osaban romper su monotonía, y de sus alturas descendían los chillidos de algunos pájaros. Había algún tipo de olor a naturaleza flotando en el aire, quizás a tierra mojada, o a cedro, no lo tenía muy claro. Aunque bueno, a fuer de ser sinceros, ninguno de nosotros era consciente de nada de todo eso.

De lo que sí eramos conscientes era de la tensión, que se cortaba con un cuchillo. Del nerviosismo y la presión que colgaban sobre nosotros como sendas espadas de Damocles. De la espera. Y de ellos, por supuesto.

Frente a nosotros, a unos pocos cientos de metros, se encontraban ellos. Banderas de todos los colores, con escudos igualmente coloridos, señalaban las posiciones de los regimientos del enemigo. La caballería, sobre la colina, con los arqueros, con pendones azules, amarillos, rojos, verdes... frente a ellos los miles de infantes, y las levas, tan tensos como nosotros. Había tantos pendones diferentes que no podía ni empezar a contar el número de Casas que habían acudido a luchar del lado de los Medinaceli.

Y nosotros, juntos y apiñados en la colina de enfrente, éramos muchos menos. Quizás uno por cada diez enemigos, tal vez menos. Luciendo los escudos de las Familias Alarcón y Ansúrez, Dávila y Ferria, y de todas las numerosas familias de marquesado y de menor rango. Contando entre ellas también la Casa Familia Torres, vasallos de la Familia Dávila. Y entre los miembros de esa Casa estábamos nosotros, la unidad de caballería más célebre y poderosa de nuestro feudo, el honor y la gloria de nuestro señor Marcos.

El Rey Jorge IV y Pedro de Medinaceli, Duque de su Casa, se acercaron a parlamentar al centro, con sus séquitos bajo nobles banderas blancas. Y todos rezamos para que llegasen a un acuerdo para evitar la carnicería que se avecinaba. Íbamos a ser masacrados, y todos los sabíamos. Pero éramos Torres, ¡nuestro honor nos mandaba morir si hacía falta! Sin embargo, cuando ambos nobles se dieron la vuelta airados, supimos que habría combate y que aquel valle se teñiría de sangre y vísceras. Los murmullos recorrieron las unidades como olas extendiéndose por un lago en calma.

Un toque de tambor comenzó a oírse en el otro lado y pronto las trompetas comenzaron a dar las señales en el nuestro. Perezosamente, las unidades comenzaron a desplegarse, lentas y renuentes, siguiendo las órdenes. Una infantería avanzando un poco, una de arqueros afianzándose, la caballería a los flancos... y entonces, no se cómo muy bien, todo cambió.

Unas lanzas cayeron, unos infantes echaron a correr, otros los siguieron, y pronto nuestro lado del campo de batalla se convirtió en una tormenta desatada a medida que más y más soldados, faltos de disciplina, huían en tropel. Miguel les siguió, dando vuelta a su caballo, y tras él Jorge. Con ellos huyendo, rápidamente la mitad de mi propia unidad corría... y yo me fui con ellos. Ante las llamadas del Señor Torres, apelando a nuestro honor y deber, nosotros abandonamos el campo de batalla. Huimos, y vivimos. Y sin embargo, algo de mi quedó allí para siempre, abandonado al lado de mi honor roto, dejando un sabor amargo en mi boca que ningún vino puede limpiar.

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Eso todo ocurrió hace casi ochenta años, y es la historia tal como mi abuelo me la ha relatado a mi innumerables veces. Desde entonces vagamos, de un lado a otro, pagando por su cobardía de aquella fría mañana. Por su falta de honor. Conocidos como los Perros de Torres y reducidos a ganarnos la vida como podemos, como bandidos o mercenarios, según se tercie. Somos temidos en el campo de batalla, pues nada nos queda ya por perder; pero incluso los que nos contratan nos desprecian por nuestro antiguo error. Cada vez quedamos menos, y soy consciente de que reclutamos demasiado poco como para cambiar eso. Yo seré el último oficial al mando de esta unidad y finalmente, cuando muera, el pecado de mi abuelo habrá sido pagado.

Con nuestra sangre.