Mostrando entradas con la etiqueta Contribuciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Contribuciones. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de marzo de 2017

Antes de la batalla

La silla de montar siempre me ha resultado incómoda. No termino de encontrar la postura adecuada por muchas veces que lo intente. Siento el frío del invierno en los huesos. Estas tierras norteñas son aún más inhóspitas de lo que pensaba. Aunque tampoco es que me preocupe en demasía mi futuro. No voy a salir con vida de esta batalla. Espero que mi padre se sienta orgulloso de mí por una vez. Como me ha recordado siempre, soy una deshonra para la familia. Mis manos, estas manos que han sido bendecidas por Dios para poder salvar vidas, son incapaces de usar un arma como se espera de un verdadero caballero. Las lecciones de combate se reducían a una sucesión de golpes y morados para diversión de mis hermanos y desesperación de mi padre. Pero lo que más me dolía era su cara de desprecio. Una mirada que me acompañará siempre. Ni siquiera cambió cuando regresé tras mi estancia en la Universidad de Salamanca. “Todo por la familia”, decía, pero siempre encontraba una forma de excluirme de ella. 

Un soplo de aire gélido me devuelve al mundo real.

¿Qué pensaría ahora de mi si me viese de camino a una batalla? ¿Recibiría su reconocimiento? Río a carcajadas para sorpresa de los presentes, que me miran como si hubiese perdido la cordura. Tal vez así sea. ¿Cómo podría perdonarme si he sido el causante de la caída de la Casa de Vallehermoso? ¿Acaso no hui como un cobarde de mi propio castillo? Jamás entenderé como me dejé convencer de semejante deshonra. Si padre pudiese despertarse de su sueño eterno como Lázaro, me atravesaría con su espada por haber permitido tamaño ultraje. Eso sin tener en cuenta que no estuve atento al envenenamiento que llevó a la locura a mi hermano Lucas. No digamos el hecho de no haber podido salvar la vida de mis dos sobrinos. Heriberto, asesinado en la corte por haber cuestionado a su señor duque y Buenaventura tras matar al Guardián del Sur y su prometida el día de su boda.  

Mi caballo corcovea nervioso vaticinando lo que va a ocurrir. Ambos nos lanzaremos a la muerte en este combate sin sentido por los juego de poder de personas sentadas en sus tronos alejados de la batalla. ¿Qué le queda a un hombre cuando ha perdido todo? Sin título, sin Casa, sin honor… Ni siquiera fui capaz de salvar a Diego de un hijo del populacho venido a más por las malas decisiones de un Duque que fue incapaz de contralar a sus súbditos. Mi venganza, mascullado ante la tumba de mi hijo, reposó en las manos de mi sobrino Buenaventura, ya que incluso en eso fui incapaz de hacerme valer. “Nunca jamás serás un auténtico Alba”, me repetía una y otra vez padre. Tal vez, por eso, dejé de intentar serlo. Y por eso perdí todo.

La llamada a las armas resuena en mis oídos y pienso en mi hija, Jimena, la última de la estirpe de los Vallehermoso. La que con sus lágrimas intentó que no cumpliese con mi deber. ¿Qué clase de padre sería para ella si no lo desempeñara? Nadie querría matrimonio con la hija de un cobarde, aunque fuese la legítima heredera del condado. No, jamás haré que lleve sobre sus hombros semejante peso. Esta cruz la debo soportar yo. Tal vez, si Dios lo permite, pueda recuperar algún día aquello que es nuestro y tal vez, quizás, pueda hablar con orgullo de su padre, Ataulfo de Vallehermoso, el médico y caballero.
 
Espoleo el caballo y me lanzo al combate pidiendo al Altísimo que proteja a mi hija y la permita tener un vida mejor que la que tuve yo. 

¡Por San Enrique y mi señora de Castelldragó!

miércoles, 8 de febrero de 2017

En sueños

Durante sus clases sobre el funcionamiento del comercio en las tierras Cruilles, Dionisio toma nota ávidamente de todos preceptos de su experto mentor, Andrés. Es un hombre mayor, entre cuyas arrugas de la frente quedan almacenados sabiduría y conocimientos de las ciencias económicas sin comparación alguna. A veces, sin embargo, la mente del joven Vallehermoso vuela hacia tierras lejanas: su pensamiento se pierde en imágenes vívidas de su casa, en un condado Alba.

Mucho ha pasado desde que Dionisio podía jugar en los jardines del castillo con otros aspirantes a caballeros, soñando con convertirse en un héroe legendario y casarse con la hija de un Marqués, de un Conde, o incluso del mismo Duque; algunos de sus sueños se han desteñido en las aguas del tiempo que fluye sin parar, otros se han transformado en algo diferente, que nunca imaginaría el Dionisio de hacía 10 años. Entrenarse con la espada no ha dejado de estimular su espíritu intrépido, pero nuevas pasiones y nuevos impulsos atraen la atención del joven Vallehermoso; la excitación de las intrigas de corte, las miradas fugaces de las damas y las batallas de agudeza que recién ha experimentado en Borgoña no paran de ocupar su mente y plasmar su pensamiento.

Y si es verdad que seguía extrañando su tierra de origen y que sus sentimientos hacia los malditos usurpadores Osorios no paraban de atormentar su sueño, por otro lado, el nuevo comienzo bajo la autoridad de su Señora Llum de Casteldragó parece haber aliviado sus penas, acrecentando sus ganas de descubrir su nueva Casa y la gente que la habita.

Nunca, en tierras Alba, había tenido la ocasión de ver con sus ojos maravillas como las que encontró en Zaragoza, ni de saborear vinos como los que compartió durante la estancia en la Casa Bordell.

El viaje con su Señora por las cortes de los marquesados vecinos le ha hecho darse cuenta de que él también quiere contribuir a la prosperidad de su Casa y luchar al lado de sus amigos y señores de Casteldragó y Vallehermoso, pero esta vez no solamente con la espada, que ya lo había traicionado en la frontera con los Osorios. No, esta vez Dionisio de Vallehermoso quiere aprender a utilizar otras armas tan afiladas como los sables moros y tan sutiles como el florete del duelista: la palabra del cortesano astuto y los conocimientos del sabio comerciante.
Sin embargo, siempre hay que despertarse y dejar de soñar, y Dionisio no es excepción. Los regaños de Andrés no tardan en hacerle volver a la realidad: a sus clases de económicas en tierras Borgoña. No obstante, en un pequeño rincón de su mirada, el observador atento podría notar que el fuego soñador del joven caballero no dejaría de arder, nunca.

martes, 24 de enero de 2017

Orgullo

Mientras cabalga rumbo hacia el conde de Zaragoza, intentando complacer a un hombre que su linaje odiaba y del que ella apenas guarda un recuerdo, Llum no puede evitar pensar que mantener la cabeza alta es lo único que le queda.

En los dos últimos meses de sus diecinueve años, ha sufrido las mayores desgracias que ningún ser humano podría sufrir.

Tuvo que casarse con un noble castellano por voluntad de su padre, como si fuera simple moneda de cambio y la palabra “alianzas” sirvieran de algo.

“¿Alianzas?”, arruga la nariz nada más pensarlo. Su futuro prometido la convirtió en viuda en menos de lo que tarda la luna en cumplir un ciclo. Eso sí dejando varios presentes en su camino al otro mundo.

Su nueva familia lejos de lo esperado, estaba involucrada en una disputa perdida de antemano. No culpaba a los Vallehermoso desde luego, estaba segura que las culpables eran aquellas tierras del sur demasiado empapadas de cultura infiel.

A veces siente una punzada de alivio sabiendo que su padre ya no está en el país de los vivos, pero se santigua nada más cruzar aquel pensamiento su cabeza. Sin embargo no cree equivocarse con la idea de que aquellas “alianzas” trajeron y seguirían trayendo problemas.

Cuando aún tomaba decisiones sobre volver o no a su antiguo hogar y dejar de lado a aquella familia que se resquebrajaba, llegaron noticias del norte. La muerte había cubierto aquellas tierras.

La peste, que no tomaba decisión alguna sobre bandos, había acabado con toda su familia. Todos muertos.

Todos.

Si Llum hubiese sido una persona de corazón débil hubiera acabado con su vida allí mismo. ¿Qué opciones quedan cuando has tenido dos familias y las dos se pierden en unos pocos días? Pero aquella reflexión era de débiles, considera que si esa es tu última decisión cuando las cosas van mal, es que tu sentido de la vida es demasiado miserable.

Se ríe para sí misma pensando en los años malgastados aprendiendo el idioma castellano.

Ha tomado la decisión de volver a sus tierras y restablecer el esplendor de su casa.

La heredera Casteldragó levanta la cabeza con orgullo.